Piedad

Estaba dudosa. 
¿Cómo un hombre como tú podría fijarse en mí?
¿Cómo alguien que se mostraba tan valeroso y lleno de espíritu iba a querer darme una oportunidad? 
De perdernos en las más profundas aguas
de un sentimiento que nace en un recuerdo. 

Te me hacías irreal. 
Te me hacías demasiado místico y valioso como para llegar a ser mi realidad. 
¿Cómo?
Te veía tan maduro,
Te percibía tan fuerte, lleno de vida, tan tú. 
No lo comprendía. 

El corazón entiende del cerebro
lo que la cabeza sabe del amor. 
No era lógico,
era peligroso, pero siempre era. 
Siempre eras. 

Ah, la agonía de cómo todo comienza,
la admiración,
tu madurez,
tu encanto. 
¿Cómo podía pretender que entraras en mi vida, si no me consideraba merecedora de tal logro? 

Tu voz,
tu vocabulario. 
La bella forma en que te sonrojabas 
y la forma en que lograbas hacerme sonrojar. 
¡Eras único!
Y solo me quedaba pedir
A los más piadosos ángeles 
que tuviesen compasión de esta bella alma
que solo buscaba entregarse, 
y amar. Amar sin medida. 
Amar con la más adecuada brisa de realidad. 

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