Bitácora: Lágrimas ahogadas


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Tenía que llegar. El día tenía que llegar. De nuevo te volvería a ver, siempre lo supe. Lo que no sabía era cómo se iba a desarrollar ese momento ni cómo ibas a reaccionar al verme…

Yo estaba parada en medio de la plaza central de la universidad, tú caminabas hacia ella con tus amigos. Ellos me saludaron, tú solo me lanzaste una mirada. Como siempre, nuestras miradas hacían que las palabras quedaran sobrando. Tú me lo dijiste todo con un gesto: me odiabas. Pasado. Me odiabas: a partir de aquel día en que te rompí el corazón. Me odias. Presente. Me odias y esa será una conjugación que de seguro trascenderá a tiempo Futuro.

Es irónico, lo sé. Irónico pensar que yo fui la mala del cuento y que ahora vengo a hacer un reclamo por sentimientos. Pero ¡tenía mis razones! Sigo teniéndolas. Yo estaba tratando de dejar atrás un pasado tempestuoso que tú insististe en mantener vivo. Si no me alejaba de ti iba a terminar ahogándome de nuevo. Sí, te lastimé, me fui, pero no creas que fuiste el único que resultó herido. Pasé semanas enteras tratando de sacarte de mi mente y atándome las manos para no escribirte, como náufrago en medio de mis lágrimas, moribunda del dolor latente que sentía por tu causa. No hice nada, por ti, porque sabía que te causaría más daño si te buscaba. No hice nada porque, por irónico que parezca, no quería lastimarte más. Porque pensaba en ti y no en mí. Hasta hoy en la tarde...

Pero tú seguiste caminando. No podemos decir que me ignoraste porque sabemos que sí cruzamos miradas. Pero seguiste caminando y me dejaste allí: sola, ridícula, SOLA. De nuevo sola. De nuevo sin ti.


Resumiendo: Hoy en la tarde volví a verte, luego de meses. Y me dolió. Me dolió intensamente. Y seguiste de largo y yo morí, de nuevo, por tu causa. Aunque la mala de la historia haya sido siempre yo...

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